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Laberinto de sal
Visita
nostálgica a la vieja salinera alavesa, que se desmorona
a causa de la pérdida de rentabilidad del negocio
Perderse
unas horas por los intrincados senderos de las Salinas
de Añana supone un encantador juego para los
sentidos. Divagar sin rumbo fijo por sus caminillos,
eras y canales, que
hasta hace escasas décadas distribuían la muera
por todo el valle, crea en el visitante una franca emoción
al contemplar lo que en un tiempo supo crear la mano
del hombre. El valle que conforman los cientos de parcelas
espera calmoso y sugerente a todo aquel que se adentre
a recorrerlo. Escondido entre colinas que lo cobijan
y resguardan del frío viento, semeja a un descomunal
puzzle de madera, piedra y salitre; a un desgajado espejo
de luz que refleja un sinfín de destellos al cielo.
Una mirada, un fugaz vistazo al inmenso damero que conforman
sus cientos de piezas da idea de la alta estima que
los antiguos tuvieron por este mineral. Codiciada fuente
de salud para la economía y la vida del hombre durante
siglos; condimento alimenticio de personas y animales;
conservante de pescados y carnes; moneda de cambio y
pago de jornales. Con ella, y desde tiempos del Imperio
Romano, se trataron y curtieron pieles y se prepararon
ungüentos y medicinas. Por ella, por su control y dominio,
se desencadenaron guerras y se arrasaron ciudades enteras.
Actualmente, una de las mejores opciones para recorrer
el salinero alavés, erigido como monumento
a la industria humana, es arrancar el paseo desde sus
mismos manantiales y bajar serpenteando por los recovecos
y sendas. El agua mana aún a borbotones en varios aljibes
y a partir de ahí se distribuye a través de una red
de conductos, eras
y piscinas, posando en el peregrinaje
su fruto. Desde la parte alta, el escenario se muestra
terriblemente bello y decrépito, impactante en su decadencia.
Según se desciende, sobre un collado se divisa el imponente
perfil del Monasterio de las Comendadoras de
San Juan de Acre. Fundado sobre los escombros
de un viejo hospital de peregrinos por la Orden
de Malta, alza su pose de centinela, dominadora
y altiva, y se enseñorea sobre sus antiguos dominios.
Hoy apenas lo habitan media docena de monjas que preparan
velas y miel y guardan la capilla, pero antaño fue importante
alto de peregrinos, lugar de culto y recogimiento, y
centro de control sobre el territorio. Al alba
Siguiendo las sinuosas calles, se desciende por el destartalado
valle, que a cada paso descubre sus miserias en forma
de escalerillas caídas, muros desvencijados y canales
embrozados. Merece la pena descubrirlo al alba; cuando
se levanta el día y nacen las primeras luces, se forma
una atmósfera brumosa que tiñe el ambiente de formas
fantasmagóricas. Conviene detenerse de vez en cuando
y observar las aguas en su infinita quietud. Abajo,
en el fondo del valle, un oprimido arroyuelo parece
querer abrirse paso entre miles de puntales que todavía
sostienen a las terrazas. Alcahueteando bajo los balcones,
en un viejo depósito de sal, se ven dos pieles, una
de jabalí y otra que parece de zorro, que cuelgan de
un poste mientras algunas moscas bailan a su alrededor.
En el riachuelo, una rata chapotea indiferente a tanta
ruina. El día avanza y da paso a un meloso sol de invierno
que calienta estas tierras de sal. Descendiendo el sendero,
el valle se abre en dos brazos y al arroyo se le unen
las limpias aguas de otra escorrentía que discurre paralela
a la carretera. Más abajo, en una terraza alta pegada
al pueblo, todavía resisten los poderosos muros de un
antiguo almacén, hoy repleto de su vencida techumbre.
Mirando de frente al pueblo se dejan ver algunas eras
reconstruidas adornadas con diversos ingenios, que simulan
al visitante una pequeña porción del antiguo aspecto
del lugar. Son eras jóvenes y esmeradas
que hacen avergonzarse al resto, demasiado moribundas
e infectadas de tiempo.
Texto de JAVIER ZARDOYA extraido
de la página web de el diario "el correo
digital".
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